Jueves, 20 de Junio de 2019

Opinión

Camino de la cruz a gloria

Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Esta “Semana Santa”, se hace más consciente el camino de Jesús de la cruz a la gloria, que los evangelios relatan y la liturgia celebra. El Hijo eterno del Padre nació de María Virgen y creció entre nosotros. Convivió en Palestina, hizo de discípulos y apóstoles. Anunció la llegada del Reino. Con su pasión y resurrección, sembró en el mundo la sabiduría inmortal: “bienaventurados los pacíficos”; “perdonen a los que los ofenden y los odien”; “mi mandamiento es este: que se amen los unos a otros como yo los he amado…”
¡Jamás se escucharon semejantes palabras de vida!
Generaciones de discípulos lo testimonian: tras la muerte, ¡Jesús ha resucitado! Esta alegre noticia, acogida en la fe, recorrió continentes, naciones, ciudades y pueblos, cautivó a los sencillos y pobres, consoló a los tristes, abrió rutas a quienes buscaban un sentido a la existencia, hizo pensar a intelectuales, temblar a los poderosos, inspiró el arte y la civilización.
Cristo Jesús es la fuente de inagotables alegrías. Las heridas de la culpa, el pecado y el horror de la maldad maquinada por el hombre encuentran en Él, sanación y perdón; sobre todo, el triunfo definitivo sobre el mal y la muerte. Nada paraliza la marcha del discípulo: “No temáis, yo he vencido al mundo”.
El dolor y la ofensa, el abuso, la injusticia y el odio, el desprecio y el egoísmo, están para siempre derrotados. La vida divina es verdad efectiva que todo lo eleva y transfigura; actúa sigilosa en la historia humana; es esperanza firme que nos hace capaces en la lucha diaria, de lo que por nuestras fuerzas es imposible: ¡entrega de amor puro y sin reservas!
El cristiano es portador de esta noticia gloriosa que celebramos. No sucumbe a las circunstancias agobiantes que amenazan perder la confianza. Se repite a sí mismo con san Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. La comunión de los que creemos -pueblo convocado en el Santo Espíritu-, estamos llamados a proclamar la bondad infinita de Dios Padre en Jesucristo.
Por las sendas tormentosas de nuestro tiempo, con dudas y desilusiones, pasará nuevamente el Caminante de Emaús interrogándonos: “¿qué ocurre?, ¿a qué el agobio y tristeza?”. Hay que estar con la mirada de la fe viva y despierta para reconocerlo en nuestros caminos cotidianos, llenos de polvo y fatigas. Así reconoceremos el resplandeciente rostro del Señor Resucitado en el vecino, el pobre, el amigo. Es que “sus heridas nos han curado…”

Volver a opinión