Jueves, 21 de Marzo de 2019

Opinión

Con los claveles en la mano

Abraham Santibáñez

Secretario General Instituto de Chile

Revolución, según el Diccionario de la Lengua Española, es un “cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional”. La historia, desde la Revolución Francesa, confirma que en estos procesos la violencia es casi inevitable. En la segunda mitad del siglo pasado solo hubo dos excepciones: la “Revolución de los claveles”, en Portugal, en 1974, y la de “Terciopelo”, en la antigua Checoslovaquia, en 1989.

No es que no haya habido violencia. En esos casos la culminación de procesos de años -a veces muy trágicos- se produjo prácticamente sin que hubiese efusión de sangre. Es lo que aún espera la comunidad internacional que ocurra en Venezuela.
Hubo sangre en abundancia en los últimos meses y la sigue habiendo, pero muy contenida. Lo que no ha desaparecido y, por el contrario, aumenta, es la angustia.
Como dijo Michelle Bachelet en su papel de Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos: “La situación en Venezuela ilustra claramente la manera en que la violación de los derechos civiles y políticos, incluyendo la falta de respeto a las libertades fundamentales y a la independencia de instituciones claves, puede acentuar el declive de los derechos económicos y sociales”.
El problema es que, pese al rechazo creciente, el régimen de Nicolás Maduro no se da por enterado. Y el resto del mundo no encuentra un mecanismo pacífico para imponer un cambio profundo, necesariamente revolucionario.
Se discute bizantinamente si Maduro ganó o perdió en las escaramuzas recientes.
La proclamación de Juan Guaidó como Presidente Encargado fue, sin duda, un duro golpe. Pero no produjo el derrumbe del régimen, ni siquiera cuando se juntaron en la frontera, especialmente en Cúcuta (Colombia), algunos jefes de Estado que llevaban ayuda humanitaria. Fue un frustrado intento de reemplazar con alimentos, los claveles con que enfrentaron con éxito los portugueses a los soldados.
Tampoco pasó nada (o casi nada) cuando Guaidó regresó a Caracas. No sufrió violencia ni fue detenido como se había amenazado. Hasta ahora, la única “víctima” ha sido el embajador alemán, expulsado por ejercer “un rol propio de un dirigente político”.
Hay quienes creen, y así lo han dicho, que esta incierta situación puede prolongarse indefinidamente. Es más probable que termine luego, pero no hay indicios claros al respecto. Mientras Maduro cuente con el apoyo de los militares -sin deserciones por gotas como fue en Cúcuta- no va a renunciar.
Este magro resultado es el que hace recomendable extremar la prudencia. Los embajadores -aparte del alemán- que esperaron al Presidente Encargado en el aeropuerto, cumplieron un papel diplomático. No es lo mismo, en cambio, que el mandatario chileno se haya expuesto innecesariamente en la frontera entre Colombia y Venezuela. Tampoco que haya pedido insistentemente (“obsesivamente”, se comentó) un pronunciamiento de la ex Presidenta Bachelet. Las reglas del juego en las Naciones Unidas ponen freno a los impulsos no suficientemente meditados.
Eso no quiere decir que haya que dejar en paz a Maduro. Lo importante es convencerlo de que lo mejor para él y para su país, es su renuncia.
Es lo que se espera de los diplomáticos profesionales.

 

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