Lunes, 16 de Septiembre de 2019

Opinión

Limpieza profunda.

Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

La iniciativa emprendida por el Ministro Chadwick, en orden a lograr una suerte de gran acuerdo institucional para remediar la creciente crisis de confianza y credibilidad que afecta a la ciudadanía es digna de encomio y, debiera, ser ampliamente apoyada por aquellos que están en posición de hacer algo al respecto.

 

¿Hay alguna entidad pública, de esas que han permanecido por décadas, algunas por siglos, en la tradición institucional de nuestro país, que no haya sido tocada por algún escándalo de proporciones en los últimos años? Varias de las instituciones armadas, las dos principales confesiones religiosas, los órganos que institucionalizan la justicia, algunos de los gremios empresariales, prácticamente todas las tiendas políticas, el órgano legislativo, muchos de los municipios y, en fin, casi cualquiera de las múltiples organizaciones que forman el entramado institucional que sostiene la sociedad chilena, han mostrado casos de corrupción.

No simples hechos aislados ni casos individuales sino, esto es lo que duele más, numerosos, reiterados y extendidos a todos sus niveles jerárquicos.


¿Puede un país sobrevivir a esta crisis de confianza, de credibilidad, de certidumbre institucional, que debiera ser uno de sus activos inmateriales más sólidos? La respuesta puede ser doble. Algunas sociedades que, padeciendo profundas crisis de credibilidad y confianza provocadas por una corrupción galopante, logran sobrevivir, lo han hecho institucionalizando la corrupción, conviviendo con ella, haciendo como si no la vieran, consagrando los vicios y, en definitiva, convirtiéndose en una sociedad basada en el cinismo y la hipocresía.

Hay ejemplos. Países de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que están casi a la vuelta de la esquina.
Otras sociedades, puestas ante el mismo cóctel de corrupción y suspicacia, de indecencia y desengaño, han decidido enfrentarlo de la única forma que es posible: primero, limpiando la podredumbre hasta sus raíces más profundas y, más tarde, erigiendo cortapisas y controles basados en la solidez de la democracia y la transparencia completas. Esto es lo que Chile debiera hacer.


La receta es conocida y el remedio es tremendamente amargo. Tanto, que no sé si podríamos tragarlo. El remedio pasa, primero, por ventilar todo aquello que huela feo.

Sea que afecte a personas de renombre, a instituciones centenarias, o prácticas casi inmemoriales. Hay países, como el nuestro, que muchas veces descansan y se limitan a la ritualidad del esquema y el control meramente burocrático, manteniendo bajo la alfombra de la formalidad toneladas de basura.

Es la que debiéramos sacar. Y, más tarde, cuando la herida resultante, porque un proceso así no es indoloro, esté limpia y sanando, habría que protegerla con esos sólidos parapetos de regulación y transparencia, de control ciudadano, de revisión imparcial y de verificación independiente, que garanticen que no vuelva a corromperse.


Si algo así resulta de las conversaciones emprendidas por el Ministro del Interior, habrá sido una tarea tan difícil como encomiable. Si, por el contrario, no llega a más que un simple acuerdo institucional para dejar todo atrás, olvidar, borrar y hacer una cuenta nueva, será nada más que abono al descreimiento que nos embarga.

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